El 11 de septiembre de 1973, a eso del mediodía, el profesor Neftalí García me pidió que lo acompañara a San Germán para una charla que él iba a dar en la Universidad Interamericana. Yo era estudiante de ciencias naturales en el CUC, y él enseñaba química. Recuerdo que el asunto se complicó porque el carro de Neftalí estaba roto (siempre andaba en carros viejos) y no teníamos plata para la gasolina. Otro profesor nos prestó su carro y, peseta a peseta, obtuvimos para la gasolina. Fue así que llegamos a la INTER de San Germán. Aparte de eso, el 11 de septiembre de 1973 parecía un día completamente normal.

Nada podía prepararme, sin embargo, para lo que iba a vivir ese 11 de septiembre de 1973 en San Germán. En medio de la conferencia de Neftalí García, salí al patio del recinto de la INTER a admirar la noche. Por pura casualidad, alguien escuchaba un radio portátil en que daban el parte del golpe de estado en Chile y asesinato de Allende. Mi corazón se hizo trizas. Pensé enseguida en Gaby Nielsen, chilena de corazón noble y esposa del entonces profesor de humanidades del CUC, Mario Rodríguez Valledor. También pensé en Víctor Jara, cuyas canciones apenas yo acababa de conocer. Y pensé en mí mismo que, salido de una familia con un padre militar, escasamente llevaba par de años soñando con un mundo de paz.

Ya de regreso al salón de conferencias, escuché angustiado cuando Neftalí trataba de dar una explicación lógica a algo que para mí era impenetrable con la razón. Allende estaba muerto. Allende, el de la vía electoral y pacífica al socialismo… El viaje de regreso a Cayey me pareció una travesía eterna. Entre especulaciones sobre lo que estaría pasando en Chile, la conversación de retorno se centró en el debate, ya en cierta medida fútil, de las vías revolucionarias en esa hermana nación. ¿Cuántas discusiones y polémicas no se daban en la izquierda sobre un tema que la derecha chilena resolvía a pistoletazos? “Te lo dije”, dirían las mentes más estrechas. “Valió la pena tratarlo”, responderían las más esperanzadas.

Salimos de San Germán tarde en la noche. Por supuesto, íbamos sin comer, que era como en aquellos tiempos se libraban muchas luchas. Pasamos por la planta de la PPG y su humito mortal. Subimos por la cuesta de la CORCO y sus chimeneas de fuego. Busqué ansioso el castillo de la montaña, pero la exigua luz de la luna creciente de esa noche apenas daba para distinguir su silueta en la penumbra. Ya se hablaba en esos días del posible cierre de la CORCO, pero el estruendo de las operaciones de quema de combustible en la petroquímica era todavía ensordecedor. Un dragón de metal oficialmente condenado a morir, pero todavía dragón…

¿Cómo estará Víctor Jara?, me pregunté en silencio, mientras el carro subía por las montañas sombrías de Salinas a Cayey. ¿Lo tendrán con los cinco mil apresados en el Estadio Nacional de Chile? Otras preguntas, como un raudal de sentimientos encontrados, pasaron por mi mente: ¿Cómo volver a escuchar las canciones de Víctor Jara y no soñar con un futuro de paz? ¿Por qué me incomodaban ahora un poco las letras de sus canciones? ¿Me había engañado a mí mismo con su optimismo? ¿Y por qué sentía esa noche que, estuviera donde estuviera, vivo o muerto, Víctor Jara estaría charrasqueando la guitarra y cantando sus canciones? “Ahí donde llega todo/ y donde todo comienza/ canto que ha sido valiente/ siempre será canción nueva”.

Rafael Rodríguez Cruz